El proceso de duelo en los niños

Escrito por Mgter. Rodsella Aragundi, Psicóloga y Psicoterapeuta

La muerte de un ser querido provoca en los adultos, un profundo dolor. ¿Pero a los niños cómo les afecta? Si bien es cierto ante nuestros ojos son pequeños, en ocasiones tratamos de minimizar el impacto. Al tratar de protegerlos, les quitamos la oportunidad de reaccionar de manera natural a la pérdida.

El utilizar expresiones como: “Se fue al cielo”, “Está dormido por siempre”, “Dios se lo llevó” pueden dar impresiones erróneas sobre la muerte. Los niños muy pequeños aún no hablan, pero sienten la separación y el estado emocional de los demás. A partir de los 5 años, los niños tienen ideas sobre la muerte pero es importante aclarar dudas.

En la clínica privada se ven casos de niños los cuales no han podido procesar el duelo y la pérdida de un ser querido. Es importante permitirles a los niños participar del funeral, siempre y cuando ellos quieran ir.

Los niños son el reflejo de nosotros, si actuamos muy compuestos o no expresamos nuestras emociones para ser fuerte, ellos actuarán igualmente. Permitirles que lloren, expresen su enojo, molestia es simplemente el primer paso hacia la aceptación de la pérdida.

Al tratarse de una muerte por enfermedad es importante poder hablarles a los niños sobre la muerte. El concepto de este puede ser imaginado como un acto reversible, que se puede controlar. Si se trata de una muerte repentina, hay que poder acompañarlos y poder contestar a sus preguntas con tacto.

La psiquiatra estadounidense Kübler-Ross, en 1969, describió cinco etapas del duelo, en las que una persona puede pasar. Es muy probable que los niños también pasen por estas etapas. Entre ellas está la negación, ira, esperanza, depresión y aceptación. Es importante notar que pueden darse de manera simultánea y no se dan en un particular orden.

Hay que darles un espacio en privado para hablar sobre cómo se sienten, y ser empáticos, ya que cada uno lidia con el duelo de una manera individual.

Tips – Independencia en los Niños

Por: Mgter. Rodsella Aragundi, Psicóloga y Psicoterapeuta

  • Es importante validar sus emociones. Escuchar con empatía lo que tienen que decir.
  • Promover la toma de decisiones, con opciones realistas.
  • Evitar hacer tareas o ayudarle de manera que el niño/a perciba que no puede hacerlo solo.
  • Escoja actividades en las que el niño pueda cooperar en casa, que sean apropiadas a su edad.
  • Dejar que se equivoque, es muy común que queramos evitar pero a través de las experiencias se pueden aprender lecciones valiosas.
  • Se les debe brindar apoyo, que sientan que pueden acudir a nosotros en momentos difíciles.
  • Confiar en sus capacidades y habilidades – el darles un cumplido genuino y específico ayuda a la autoestima del niño.
  • Ser una guía para ellos, pero permitiéndoles que tomen decisiones.
  • Enseñar con el ejemplo – los niños aprenden de nuestras propias interacciones ante situaciones.
  • Enseñar mediante ejemplos cotidianos del día a día: resolver un conflicto, un “problema” y conversar sobre como él hubiera manejado esa situación. Esto ayudará a poder trabajar en su habilidad para resolver problemas.

Por un regreso a clases libre de bullying

Por: Mgter. Rodsella Aragundi / Artículo para Café Para Padres (Instagram)

De pequeños, nos relacionamos con el mundo exterior a través de nuestra interacción con nuestros padres, amigos, maestros, compañeros ­ a veces hay ciertos eventos traumáticos dependiendo de la edad y desarrollo del individuo (abuso, acoso, duelo, maltrato) que se quedan con nosotros y forjan la manera en que nos comportamos, actuamos y nos relacionamos en nuestra adultez.

El bullying o acoso escolar es una realidad en nuestra sociedad panameña; una encuesta realizadas en el 2012 por la Fundación Relaciones Sanas arrojó resultados sorprendentes. El 85% de los estudiantes habían reportado ser testigos o haber estado involucrado en una situación de bullying. Pero antes debemos aclarar que significa y cómo detectarlo.

Para que el bullying sea considerado como tal, debe cumplirse los criterios, primero debe haber un desbalance de poder, el niño/a, adolescente se siente que no sabe cómo defenderse ante los ataques repetidos del acosador/acosadores. Para que sea definido como bullying / acoso escolar si se trata de un solo incidente, aunque no haya sido correcto no es apropiado catalogarlo como tal.

El bullying puede ser físico (golpes, empujones), verbal (sobrenombres, esparcir rumores), no verbal (gestos, excluir a alguien de un grupo), psicológico (burlarse o discriminar a la persona por su estatura, peso, nacionalidad, discapacidad, enfermedad, etc.) y el acoso cibernético (postear fotos inapropiadas, amenazas, enviar mensajes con insultos a la persona). Este último es quizás el más invasivo, ya que puede darse a cualquier hora del día ­ ya no es solamente en la escuela, sino que puede pasar en cualquier momento.

Un niño/a que ha sido víctima de bullying experimenta cambios en la manera en cómo responde ante una situación de peligro, su sistema límbico aprende a lidiar con el estrés a través de la ansiedad y/o depresión. Es un patrón que aprende desde pequeño, que consecutivamente lleva hacia la adultez.

Es por esto que en situaciones de constante estrés y preocupación, su cuerpo responde ante esto con síntomas de ansiedad (sudoración, palpitaciones, dolores de estómago, dolores de cabeza) así como tener pensamientos e ideas que devaluando su autoestima como “¡No puedo con esto!”, “¡No sirvo para nada!”.

Los síntomas de que nuestro hijo/a está siendo afectado por  el bullying son: cambios emocionales y/o de conducta. Problemas de sueño o pesadillas; dolores en el cuerpo, se muestra irritable, ansioso o triste. Disminuye el deseo de participar de actividades sociales, al igual que su rendimiento académico puede verse afectado. Síntomas relacionados a depresión, ansiedad y pensamientos suicidas.

El bullying en ocasiones es enmascarado ante la sociedad como “Cosas de niños” o “Solo es broma” y es socialmente aceptado, por lo que en ocasiones no hay acción por parte de las autoridades de la escuela, padres.

La duración e indefensión de la víctima puede dejar secuelas como temores, exclusión escolar y/o social y manifestarse en trastornos mentales como depresión y ansiedad.

En la gran mayoría de los casos el niño o niña no expresó sus emociones con respecto al acoso escolar, lo cual lo llevó a manejar sus emociones como la ira de una manera no saludable. A veces los padres prefieren que el niño/a recurra a la violencia, lo cual le muestra a qué se debe resolver los problemas defendiéndose de manera agresiva.

Recomendaciones            

Como padres podemos transmitir una actitud de apoyo; de manera que nuestros hijos se sientan conectados y comprendidos.

Explicar la diferencia entre molestar y bullying, este último es repetitivo y se hace con la intención de herir a la otra persona.

Aceptar las diferencias;  fortalecer la autoestima de nuestros hijos y que puedan amarse a sí mismos como son.

El niño/a u adolescente que molesta, necesita ayuda para poder trabajar en aquello que lo hace querer ejercer un control. El bully también necesita ayuda y empatía por parte de los demás.

Es importante quienes presencian el bullying (los espectadores) que puedan ser agentes de cambio y defensores; que puedan ayudar a la víctima o víctimas de acoso. Los niños que observan esta conducta, que aprueban e incitan una conducta, corren el riesgo de desensibilizarse (falta de empatía) y no reaccionar ante la injusticia.

Vivimos en una sociedad que se ha vuelto intolerable ante las diferencias de los demás, hay una necesidad de defenderse de situaciones de manera violenta (manejar de manera defensiva, insultar a las demás personas). Si hacemos una revisión de lo que les pasó durante la infancia, podemos determinar que en muchas ocasiones, estas personas sufrieron algún tipo de abuso, en las que se sintieron indefensos, sin poder parar el acoso escolar y continuo por un período largo.

La prevención es clave en estos temas, así como la necesidad de crear consciencia de que se puede parar este comportamiento, y cuál es el impacto emocional para ellos mismos y los demás.

Hijos Emocionalmente Resilientes

Escrito por Mgter. Rodsella Aragundi, Psicóloga y Psicoterapeuta

La resiliencia es la capacidad de adaptación de las personas frente a una situación adversa (abandono, muerte de un ser querido, trauma). Todos podemos decir que en algún momento de nuestras vidas, hemos tenido una serie de sucesos en nuestra niñez y/o vida adulta que nos han moldeado en las personas que somos en la actualidad y cómo interactuamos con las demás personas.

¿Pero de dónde viene esa capacidad para recuperarse ante los momentos difíciles? Muchos autores clínicos se hacen la pregunta, naturaleza o crianza. ¿Cuál de las dos impacta más en nuestra forma de percibir y conducirnos en el mundo. Ambas tienen bastante importancia, pero quizás la que podemos transformar sería la manera en que la crianza es impartida hacia nuestros seres queridos. Si bien es cierto no podemos cambiar la manera en que fuimos criados, podemos extraer aspectos positivos y negativos que pueden ayudar a poner fin a un ciclo repetitivo y de generaciones. La psicoterapia es quizás el ejemplo en donde podemos transformar una experiencia dolorosa en una experiencia de aprendizaje y transmitir formas saludables de relacionarnos.

En el consultorio, cuando hay casos de niños que demuestran conductas que interfieren con su desempeño académico, es importante poder explorar el aspecto emocional y familiar. Muchos padres se preguntan porque su hijo/a está demostrando conductas adversas.

¿Cómo criamos a hijos emocionalmente fuertes? Es una pregunta compleja, ya que depende de diversos factores. Entre ellos está los estilos de apego, el impacto directo de la parte cognitiva y emocional. El apego es descrito por el psicólogo británico Bowlby como el vínculo afectivo entre el bebé y su cuidador principal. Este cuidador comprende los estados emocionales del bebé y los regula – es decir que les da significado a una serie de sensaciones físicas (hambre, frío, necesidad de afecto). La madre, vista por su papel como cuidadora por excelencia, es la que tiene una función reflexiva – la cual es una habilidad que se va adquiriendo con la interacción de nuestros hijos. Todos contamos con el deseo innato de apegarnos hacia una figura que nos brinde seguridad y confianza, por lo que es primordial que en los primeros años de vida estas interacciones sean suficientemente buenas. Ser una madre suficientemente buena es un concepto elaborado por Donald Winnicott, quién enfatiza que “no hay un bebé, sin una madre” y que las necesidades del bebé no van a ser satisfechas todas las veces; pero una madre suficientemente buena, tratará en la medida de lo posible, de poder mantener una estabilidad emocional para su hijo/a.

 La función reflexiva es la base para la empatía y criar adultos empáticos. Imaginemos un escenario, en el cual la madre o padre se siente frustrado ante la conducta de su hijo/a. En vez de pensar que nuestro hijo/a se porta mal y debemos pensar en castigo. Podríamos pensar en que quizás tiene dificultad para lidiar con una situación, el cual nos llevaría a apoyarlo. Entender que hay detrás de la conducta observada (tristeza, rabia, irritabilidad, etc.), deberíamos tratar de conectar con sus emociones.

Nuestro propio estilo de crianza y comprender nuestra historia, nos puede preparar y equipar con mejores herramientas para lidiar con situaciones que pueden salirse de nuestras manos. A veces aquello de lo que tratamos de no hacer, se convierte en un punto ciego y tendemos a repetir patrones de nuestra propia crianza. Tendemos a excusar conductas de nuestros propios padres y a seguir practicando lo conocido y familiar. Si hemos de venir de una infancia no tan perfecta, con dificultades emocionales, es preciso poder transformar esas huellas dolorosas del pasado en reparaciones con nuestros hijos.

Algunas recomendaciones para poder conectar emocionalmente con nuestros hijos pueden ser reflexionar en lo siguiente: ¿Cómo se siente mi hijo/a con esto? Abrir el espacio para pensar con mayor tranquilidad – cómo puedo ayudarlo a comprender sus emociones. No apresurarse a implementar un castigo físico, lo cual es una reacción impulsiva y de agresión que solo logra crear una distancia e infundir temor.

Es importante observar la conducta del niño y poner en palabras lo que significa. Las relaciones entre padres e hijos basados en afecto, respeto y comprensión, donde se abren espacio para pensar sobre posibles soluciones y ver los momentos difíciles como oportunidades de aprendizaje, es vital para criar hijos emocionalmente sanos.